
Mi primer acto en Madrid de realpolitik me ha llevado a un bonito hotel en plena Castellana con algunos miembros de la dirección del PP, con Mariano Rajoy a la cabeza, presentes en el acto.
Este tipo de eventos, donde se mezclan a partes iguales políticos, periodistas, acólitos, guardaespaldas, camareros, palmeros, cotillas y Caminantes sirven para ver las entretelas de la política, aquella que no se ve. Sirven para ver la glosa desmedida al líder –“Mi presidente”– por parte de un diputado popular, que, sin rubor, ha dicho que si pusiera las características del presidente ideal en un programa informático el resultado saliente sería la efigie de Rajoy. Una frase a todas luces rimbombante, que ha venido precedida con el recuerdo del “yo ya di mi apoyo a Rajoy en junio”, mes en que las espadas del PP estaban en todo lo alto. Minutos después, finalizado el acto, otro popular de mi tierra apartaba casi a manotazos a cuantos se ponían por delante de Rajoy, cual ‘segurata’ de discoteca.
Sin duda, la carrera política se logra a menudo con más armas que los propios méritos. A menudo se requiere displicencia, adulación y, más coloquialmente, hacer la pelota. Siempre que veo este tipo de actitudes me pregunto cómo mirarán estos tipos a sus hijos, cómo les explicarán que papá llegó donde está porque tuvo de esconder un poco o mucho su dignidad. Mi padre siempre contaba la historia de una reunión en su empresa que acabó con una bofetada del presidente/dueño a uno de sus colaboradores más cercanos y, casualmente, mejor pagados. En casos así, preferiría ser pobre, pero el pobre que como canta Sabina, “sólo tenía dinero”.
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De reojo: Viva el progreso sin dogmas locos que lo paren. Hoy en el Gregorio Marañón de Madrid han utilizado células madre extraídas de grasa abdominal para la reconstrucción de la mama de pacientes a quienes se había extirpado previamente un cáncer. Qué nadie lo detenga. Todos mejoraremos.