Recientemente, ‘El Caminante’ se desplazó a Madrid donde disfrutó de un magnífico fin de semana. Me gusta Madrid. Ya me gustó las veces que la conocí hace un tiempo y me gustó este último viaje. Es una ciudad diferente de Barcelona, pese a que, en términos generales, hay una correspondencia entre sus barrios y los nuestros. En este sentido, diría que Gràcia, alternativa y subversiva, sería Malasanha; Pedralbes, ‘high’ y clasista, sería Salamanca; el Born, ‘fashion’ y rompedor, sería La Latina; el Raval, mestiza y cosmopolita, sería Lavapiés; Nou Barris, obrera y popular, correspondería a Vallecas. Y así muchas más. Se aceptan más comparaciones. 
Decía que es diferente por la actitud de sus gentes. Me sorprendió la multitud que había en las calles de Madrid a todas horas. En Barcelona –y en España en general- vivimos la calle a plena intensidad, pero lo de la capital es superior a lo que vemos aquí. Me chocó ver muchos bares del centro llenos a rebosar a todas horas. Lo curioso del caso es que la gente no comía ‘entaulats’ (sentados) como decimos en catalán, sino que estaban de pie, cerveza en mano, fumando, charlando y gritando. Me recordó a las fiestas populares, cuando, a altas horas de la noche, los cubatas ya hacen de las suyas.
De Madrid también me gustó sentir su áurea mítica. Dicen que mucha gente conoce Nueva York sin haberla pisado en su vida sólo por haber visto toda la filmografía de Woody Allen. Madrid podría ser algo similar, pero los lugares míticos son, para un plumilla como yo, lugares tan dispares como los Ministerios, el Congreso de los Diputados, el Senado, o el Santiago Bernabéu. Son lugares que para un lector de prensa empedernido suenan casi familiares, puesto que siempre protagonizan cuantas crónicas o líneas lee u oye. Un lugar así, además, tiene, a mi juicio, cierta atmósfera de poder. Es allí donde se deciden las cosas que, en nuestro rincón peninsular, tanto o tan poco nos afectan.
Foto: E.T.
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De reojo: Feo queda decirlo pero en mi periplo capitalino estuve tan cerca del Santiago Bernabeu que no pude hacer otra cosa que no fuera erigirme en adalid de los culés y escupir a tan infecto escenario. ¡Força Barça!