
La muerte de cualquier persona nunca está acompañada de un “se lo merecía”, aunque el fallecido no sea cercano ni amigo. Cuando a alguien lejano le llega el final, el ser humano tiende a compungirse y a hacer una especie de expiación de sus odios, envidias, o desprecios para demostrar que, pese a las diferencias que hubo en vida, uno siente la pena en su interior. Una demostración de esta desolación se puede hacer más visible con la renuncia a las señas de identidad propias para abrazar las del muerto.
En este sentido, béticos y sevillistas han querido demostrar su madurez y ‘fair play’ abrazando los símbolos rivales como si fueran los propios. Lo veo exagerado y caricaturesco. Las continuas muestras de afecto a Puerta, podrían ser igual de intensas con un bético vestido de paisano, sin hacer gala de sus colores. No es necesario demostrar que abrazas al rival cuando éste está hundido, para demostrar que tu pena es mayor. Por ello, intuyo que cuando Puerta no sea más que un recuerdo feliz, asistiremos a nuevas y agrias disputas entre los presidentes de ambos clubes.
Del mismo modo, sanciono todo aquellas muestras de pena que van más allá de una o mil lágrimas. Abogo por hacer un acto de constricción y llorar la pena solo o con los seres queridos, porque considero que esta es la pena más sincera. Asimismo, rechazo que el acto de muerte tenga tintes festivos, como los vividos en Sevilla cuando la afición cantaba igual que si hubiese marcado Kanouté. Un episodio de esta naturaleza se vivió con la muerte de Miguel Ángel Blanco hace diez años. Aún no comprendo como el gentío podia demostrar su pesadumbre con los gritos de hooligan: ‘ETA, escucha, aquí tienes mi nuca’.
Con todo, desde esta humilde bitácora, mandar un cálido abrazo a la familia y entorno del lateral. Descansa en paz.