El Mundial de Fórmula Uno llega a su última carrera con tres pilotos en liza para proclamarse campeones del mundo, en un desenlace que ni Bernie Ecclestone, dueño del circo, ni las televisiones que tanto pagan por los derechos de retransmisión habrían podido diseñar mejor. Tampoco el típico guionista, del que el tópico siempre dice que nunca habría podido urdir una trama tan elaborada. Sin embargo, hasta entonces no me consta que nadie le haya preguntado al sufrido
plumilla sí realmente era capaz de redactar tal intriga. Quizás sí, así que, como mínimo, es feo menospreciar su talento.
Pero volviendo al tema que hoy nos ocupa, y lejos de emular a otras bitácoras insignes que tan acertadamente han firmado
una crónica de la última carrera en Shangai, desde este humilde rincón de Internet quiero mostrar mi apoyo a Raikkonen para que se proclame (de una vez por todas) campeón del mundo de F-1.
Y es que Alonso me cansa, aunque debo reconocer que este año me he sensibilizado un poco con él por las condiciones tan adversas en las que ha competido. En el vocabulario socio-laboral moderno podríamos decir que a Fernando le han hecho
mobbing, aunque su salario cercano a los 30 millones de euros anuales obliga, al menos, a matizar el grado de presión al trabajador. El asturiano no se ha callado la boca y ha disparado tanto contra su equipo como contra la FIA. En ambos casos no le ha faltado razón.
Por su lado, Hamilton, con su blanca sonrisa y su cara aniñada ha demostrado ser un ‘diablillo’, para decirlo finamente. Si en este blog se permitiera el insulto, diríase que el británico es un auténtico
cabrón. Me decía el otro día un individuo que lo vio correr en la GP2 –una de las plataformas de acceso a la F-1– que la superioridad de Hamilton era aplastante.

Esto demuestra su innegable clase como piloto, ya que parece ser que en esta categoría la tecnología que todo lo controla en la Fórmula Uno es totalmente secundaria, por lo que el pilotaje, mejor o peor, es sólo mérito del conductor. Además, a ello se le suma que Hamilton es un producto de laboratorio, diseñado
ad hoc para arrasar en el Mundial, ya sea con un concienzudo estudio de los circuitos de todo el mundo gracias a la Play Station o con una preparación psicológica
más propia de un ajedrecista que de un piloto. Lamentablemente, su inmenso talento va unido a una actitud entre infantil y consentida, potenciada por un control emocional de la prensa británica, que le protege con toda su furia mediática del entorno del circo. Al albur del amarillismo inglés, Hamilton ha demostrado con sus palabras poco señorío y mucha pedantería. Este blog sanciona esta actitud y por ello le deniega su apoyo.
Así llegamos al bueno de Raikkonen, un piloto que me cae simpático. Es finlandés, es decir nórdico, lo que es sinónimo de civilización y civismo, lo que queda muy lejos de la furia del macho hispano. Le llaman
Iceman y parece que el apodo le hace justicia. El sujeto no se emociona en exceso, aunque más bien parece que le resbala lo que pasa a su alrededor. Eso me hace gracia: en un mundo, dicen, tan cruel y frío como el de la F-1, su actitud distante y socarrona ante el frenesí de patrocinadores y millones le da un toque excéntrico. Pese a esto, esta actitud temperada y sus orígenes nórdicos no son óbice para que el bueno de Kimi dé rienda suelta a su diversión. Se comenta que el finlandés es o era un juerguista, lo que invita a pensar que era un
borrachuzo, lo que hace que me caiga bien. También, su rol oficial de gafe o torpe
rompemotores me resulta gracioso, aunque sus jefes no deben compartir esta afirmación.
Dos razones más me llevan a apoyar a Raikkonen en Brasil: por un lado, porque conduce un Ferrari. Otra, porque si Alonso gana (‘Hace el milagro’, titularán) lo volveremos a tener en todas partes, algo tan cargante como una victoria del Madrid en la Liga.
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Efe / Michael Reynolds